Estilos de vida. En la mente adolescente

Estilos de vida. En la mente adolescente

(EL PAÍS SEMANAL 25/03/2012)

Rebeldes, impulsivos, desmotivados… ¿Por qué los jóvenes sacan de quicio a los adultos? Nos metemos en su cerebro para comprobar y tratar de comprender los cambios evolutivos que están viviendo.

Las ùltimas caladas y al taller. Arriba en una sala del centro de salud La Garena de Alcalá de Henares (Madrid), esperan el resto de chavales. Patricio Ruiz Lázaro es el pediatra encargado de este proyecto, dividido en siete sesiones, que busca desarrollar la inteligencia emocional de jóvenes entre 15 y 20 años. Hoy hay un invitado: este periodista, que les remitirá las preguntas de padres que no paran de cuestionarse cómo funciona el cerebro de sus vástagos en plena edad del pavo. Las más de 30 cuestiones recabadas giran en torno a los mismos temas: qué les interesa a los chicos, qué significa para ellos el futuro, por qué no se comunican con sus padres, por qué nada les motiva, por qué no se esfuerzan, cómo ven el contexto social y político… Llegan los tardones oliendo a tabaco y se sientan al final. Apenas participan. Están pendientes del whatsapp del móvil. Uno de los temas que más atención concitan es el de su desinterés por la actualidad política. Responden con frases como “¿acaso se merece algún respeto?”, “cuando los políticos empiecen a hacernos caso, entonces se lo haremos nosotros a ellos”, “ya sabemos que todo va mal” o “la estabilidad es una mierda”. Para el resto de temas, la mayoría contesta con desgana.

 Adolescencia, época de cambios y rebeldía. La mayoría de los padres ven cómo sus adorables bebés pasan a convertirse en seres contestones. Los adultos les reprochan falta de implicación y responsabilidad, además de amor por el riesgo, actitud desafiante, desacato a las normas o falta de concentración y de esfuerzo. Ninguna novedad a la vista. Sócrates, en el siglo IV antes de Cristo, ya se quejaba de lo mismo: “Nuestros adolescentes ahora aman el lujo, tienen pésimos modales y desdeñan la autoridad. Muestran poco respeto por sus superiores y prefieren la conversación insulsa al ejercicio. Los muchachos son ahora los tiranos y no los siervos de sus hogares (…). No respetan a sus padres”. ¿Qué tienen en la mente para que se comporten así por los siglos de los siglos? No solo las hormonas andan revolucionadas. Sus cerebros también están en plena metamorfosis.

No son niños, pero tampoco adultos. Desde los seis años ya tienen establecida la estructura básica del cerebro, que a esa edad ha alcanzado el 90% de su tamaño definitivo. Cuando nacemos ya contamos con todas las neuronas, cientos de miles de millones, que necesita nuestra vida y estas empiezan a establecer conexiones. El primer desarrollo se produce en la parte posterior del cerebro, la que atiende a funciones básicas como la visión, el movimiento y el procesamiento fundamental de datos, y pasan años hasta que esa maduración se produce en la zona frontal, a cargo de las tareas más complejas. Las últimas investigaciones aseguran que este último progreso culmina en torno a los 20 años, mucho tiempo después de lo que se pensaba hace una década.

Lo explica Fernando Mulas Delgado, neuropediatra y director del Instituto Valenciano de Neurología Pediátrica (Invanep): “En el adolescente encontramos dos sistemas madurando: el área del lóbulo frontal anterior, relacionada con la atención y con el mecanismo del control de la inhibición cortical, es decir, de los impulsos, y el área hemisférica del lado posterior derecho, relacionada con el manejo del control motórico y de la espera”. Los dos sistemas, apunta Mulas, están relacionados con la región subcortical, que es la estructura más profunda del cerebro y la que se encarga de la prevención y anticipación de consecuencias. Nada en el cerebro está aislado. La región subcortical está próxima al hipocampo, que ajusta la inhibición, la memoria espacial y la orientación, y a la amígdala cerebral, que regula las emociones, la conducta y la memoria.

El terremoto que asola la mente adolescente es total. Ahora ya se entiende por qué los chavales tienden a precipitarse, a tener ataques de ira y a no anticiparse a las situaciones. ¿Se distraen con facilidad? Sí. Una investigación de la University College de Londres, publicada en The Journal of Neuroscience, sugiere que a los adolescentes y jóvenes les cuesta concentrarse debido a que su cerebro aún se parece más al de los niños que al de los adultos. Tiene mayor cantidad de materia gris, que forma la corteza cerebral y está integrada por células y conexiones que transmiten los mensajes. Esta materia gris se reduce a la vez que uno envejece con el objetivo de desechar las conexiones innecesarias que hacen del cerebro una máquina poco eficiente. El cerebro del adolescente está en proceso de refinamiento, pero en ocasiones falla y es incapaz de alternar la atención entre sus pensamientos y su entorno. Se queda atascado.

Y no hay más que mirarles la cara. Algunos de los chavales del taller de inteligencia emocional tienen la mirada perdida. Debaten sobre las relaciones familiares y su visión del tiempo:

–Nunca nos vamos a expresar de la misma manera con nuestros padres que con nuestros amigos.

–Yo confianza en mis padres tengo la justa. No les cuento las cosas malas.

–Ellos quieren que pensemos en el futuro, pero para nosotros el futuro es un año, como mucho. Yo solo pienso en aprobar este curso. Cuando llegue a  final de curso, ya pensaré en el año siguiente.

–No tenemos paciencia. Al principio te pones a estudiar. Luego dejas de esforzarte porque ves los exámenes muy lejanos. Y cuando te das cuenta, ya no llegas.

El presentismo, esa filosofía de vida. Los adolescentes buscan el aquí y el ahora. Exprimir la vida a base de emociones fuertes. Y en este tipo de situaciones, el cerebro juvenil ordena una descarga hormonal que produce una euforia mucho más fuerte que en un adulto. Los últimos estudios apuntan que se trata de un vestigio evolutivo, ya que enfrentarse a situaciones de peligro es la base de la selección natural para adaptarse a un medio que puede ser hostil en un futuro. Una explicación similar tiene la fuerza de las amistades en la adolescencia. Algunos estudios con escáneres cerebrales sugieren que la respuesta del cerebro a la exclusión del grupo es similar a la sensación de amenaza física. Cuando se encuentran con sus iguales, los jóvenes liberan más oxitocina, que hace crecer la empatía y la confianza en uno mismo y reduce el miedo social.

 Volvamos al taller de los adolescentes y las relaciones con los adultos. “Lo que nos motiva es expresar nuestra opinión, que nos animen a la hora de conseguir un objetivo, que no nos agobien y nos dejen espacio para nosotros”. Y este mensaje va para padres y profesores. En las aulas están muchos de los problemas que agobian a los progenitores.

José Carrión, psicólogo clínico y coordinador del departamento de adolescentes en el gabinete madrileño Cinteco, reconoce que el fracaso escolar es uno de los puntos que más trata. No obstante, lo más interesante es cuando rasca esa superficie: “Detrás ves que los chavales tienen necesidad de afectos y trastornos de ansiedad y anímicos por el miedo al fracaso social, principalmente. Estamos inmersos en una sociedad del miedo: primero, el miedo a no conseguir algo, y después, el miedo a perderlo. Actualmente existe más abandono escolar por ansiedad a no llegar a lo autoexigido que por fracaso puro y duro. Es en la adolescencia cuando debutan los problemas psicopatológicos de los adultos, ya que es cuando se fragua la personalidad”. Un dato: uno de cada cinco niños y adolescentes padece algún trastorno o problema de conducta, según Unicef. Carrión termina con un consejo:  “Los chavales solo reclaman comprensión y autonomía”. En las escuelas de padres que imparte en Cinteco da claves para que sepan diferenciar qué es un problema y qué no lo es, cómo poner límites, cómo negociar y cómo reforzar actitudes positivas.

El rol de los padres tiene mucho que ver en la independencia de sus hijos. Myriam Fernández-Nevado,vicepresidenta de la Asociación de Grupo de Sociología de la Infancia y la Adolescencia, insiste en un cambio de paradigma en las relaciones paterno-filiales: “En esta sociedad tenemos a unos adultos temerosos, que no saben vivir con los riesgos a los que se enfrentan sus hijos. Los sobreprotegen, los limitan y crean seres humanos a los que les cuesta tener iniciativas propias. En medio de la crisis de identidad que los adolescentes viven, los padres envían mensajes contradictorios. De ahí vienen los problemas de seguridad de los chicos y las debilidades que los convertirán en adultos dubitativos. Los padres han de guiarlos en este tránsito aportándoles afecto y seguridad”. Por otro lado, Fernández Nevado apunta que los chavales de hoy día, debido a los cambios sociales, han tomado conciencia de que son ciudadanos con derechos y deberes, y no solo menores. Dice que son activos, responsables y se adaptan rápido a los cambios. Una visión que dista mucho de la de los padres.

Ahora les toca a los chavales y lanzan el guante a sus progenitores: “¿Por qué no nos comprendéis?”, “¿por qué no os ponéis en nuestra piel?”, “¿por qué usáis tanto la frase: “‘o si no, te castigo?”. El debate se anima con el tema del esfuerzo y frases como: “Para llegar a cosas que te gustan, tienes que hacer otras que no te gustan tanto”, “nadie te va a regalar nada en la vida”, “si trabajas duro, obtendrás tu recompensa y te sentirás orgulloso de ti mismo”. Parece que tienen la lección bien aprendida, pero una hora después de comenzar la batería de preguntas, los chicos ya están cansados. Resoplan y piden otro cigarro. Cuchichean entre ellos. Sócrates ya hubiera explotado.

 Cristóbal Ramírez.

 

Cristóbal Ramírez. Fotografía de

Olivia Bee

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